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Los cuatro niveles de confianza en el trabajo

Los mejores líderes son aquellos que se muestran seguros de sí mismos pero al mismo tiempo dan espacio a la duda y se abren a los comentarios de terceros.


La confianza en uno mismo es una de las habilidades más deseadas. Nos permite tomar decisiones arriesgadas y nos ayuda a sentirnos mejor con nosotros mismos. Una falta de confianza nos convierte en vulnerables, pero un nivel excesivo nos puede llevar a la arrogancia. Para no caer en ninguno de esos extremos podemos apoyarnos en una de las cualidades a la que menos atención se ha prestado en las últimas décadas: la humildad.



La palabra humildad proviene del latín, de humus, que significa tierra. Cuando somos humildes tocamos tierra para valorar lo que nos rodea. Sin embargo, ese sentido no ha tenido mucho eco entre los estudios recientes de psicología. Puede que sea por su relación con las creencias religiosas, por la dificultad de ser medida o por sus acepciones no siempre positivas. Como recoge la RAE, ser humilde significa algo bajo o carente de nobleza. No obstante, no deja de ser un concepto tremendamente poderoso para la confianza en un mismo, como veremos a continuación.


La confianza tiene dos dimensiones: una nos lleva a creer en nosotros mismos y otra a creer en las herramientas de las que disponemos para encarar el futuro, según el psicólogo estadounidense Adam Grant. Si utilizáramos ambos ejes podríamos observar los cuadrantes en donde podemos encontrarnos en cada proyecto que abordemos. Veamos cada uno de ellos.


- Arrogancia ciega o “estoy muy seguro de todo”. Caemos en ella cuando confiamos plenamente en nosotros y no tenemos ninguna duda hacia nuestras habilidades de cara al futuro. Este punto es preocupante porque nos sentimos excesivamente cómodos y no dejamos espacio para cuestionarnos. Una forma de advertir el peligro de esta situación se observa en los casos de mortalidad que registraron los hospitales estadounidenses, según un estudio publicado en 2011 que incluía datos relativos a las dos últimas décadas. En julio de ese año llegaron al centro nuevos residentes, lo que coincide con el momento con mayor número de pacientes fallecidos. Según el análisis, el efecto julio no se debe a una falta de conocimientos de los sanitarios, sino a un exceso de confianza que, afortunadamente, se va ajustando con el paso de los años, como sucede con muchas otras profesiones.


- La duda debilitante o “no sé nada ni confío en mí”. Este cuadrante es también preocupante en la medida que nos vacía de confianza en nosotros y en nuestras habilidades. Posiblemente, cuando se piensa en una persona sin confianza, se suele imaginar estas dos habilidades juntas, que nos llevan a situaciones paralizantes.


- La inseguridad obsesiva o “confío en el método, pero no en mí”. Esta posición la adquirimos cuando no confiamos en nosotros para ejecutar algo en lo que creemos. Confiamos en el plan, ya sea empresarial, una aventura personal o cualquier tipo de proyecto, pero no nos sentimos cómodos para llevarlo a cabo.


- La confianza humilde o “confío en mí y me abro a la duda de la mejor solución”. En este cuadrante entra en escena la humildad en un sentido positivo y dulce. La confianza en uno mismo es una buena receta para la vida, pero nadie tiene a ciencia exacta las mejores respuestas ante los desafíos futuros. La humildad para cuestionarse es un buen ejercicio y se observa en los estudios de liderazgo. Los mejores jefes son aquellos que se muestran seguros de sí mismos, pero, al mismo tiempo, dan espacio a la duda y se abren a los comentarios de terceros. Es decir, son seguros y humildes. Pocos jefes arrogantes se convierten en líderes.


Como hemos podido comprobar, el tándem confianza y humildad conforman un buen compañero para movernos en entornos inciertos: confianza en nosotros mismos y humildad para cuestionar lo que sabemos


(Fuente Pilar Jerico)



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