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Cómo definir objetivos cuando no tenemos claro el horizonte?

Conocer lo que deseamos no resulta sencillo, pero es más fácil cuando tenemos una pequeña orientación hacia dónde dirigirnos


Se nos anima a soñar, a buscar objetivos y a orientarnos hacia lo que deseamos. En ocasiones, el problema es que no sabemos qué queremos. Es lo que he observado en muchas personas, hasta en mí misma. La duda aparece cuando terminamos una etapa, como acabar unos estudios o finalizar un trabajo. También surge cuando estamos cansados de una determinada situación, cuando nos toca reinventarnos por las circunstancias o cuando nos enfrentamos a un fracaso o a un contratiempo.


Saber lo que queremos no siempre es fácil, por mucho que leamos que debemos luchar por nuestros sueños o que nos pidan que visualicemos cómo estaremos en los próximos tres o cinco años. Sin embargo, tenemos que reconocer que es más fácil acertar en nuestras decisiones cuando tenemos, al menos, una pequeña orientación hacia dónde dirigirnos. Un pequeño ejercicio de reflexión puede ayudarnos a recuperar sueños y a definir objetivos que nos ilusionen. Veamos algunas claves prácticas.


Primero, no debemos confundir nuestros sueños con fantasías. Un sueño es un proyecto que nos ilusiona, como puede ser estudiar algo nuevo, comprarse un coche o tener un hijo. Puede ser más o menos ambicioso, pero nos empuja a esforzarnos para conseguirlo. Sin embargo, una fantasía es algo que habita en nuestra mente, que nos gusta imaginar pero que, en el fondo, sabemos que nunca vamos a poner mucha energía en conseguirla. Es como nuestro pequeño rincón interior, una especie de deleite. Nos gusta que esté ahí, nos acompaña y, cuando vienen mal dadas, nos refugiamos en ella, pero, internamente, no nos mueve ni un solo gramo de intención. Dar la vuelta al mundo, vivir en las islas paradisiacas del Pacífico o convertirse en director de cine en Hollywood podrían ser algunos ejemplos.


Aprender a diferenciar los sueños de las fantasías nos sincera con nosotros mismos y nos alivia de la presión de conseguir estas últimas, que, insistimos, no necesitamos. El mero hecho de pensarlas ya hace que cumplan su función. Cuando no sabemos qué queremos, o no tenemos un sueño claro, podemos hacer varias cosas. Por un lado, podemos recuperar sueños del pasado a modo de inspiración. La adolescencia es una época muy fructífera de ideas. Valdría la pena recordar qué nos gustaba o qué nos ilusionaba. El objetivo no es cumplir los sueños al pie de la letra. Es posible que hayan quedado un poco desactualizados en el tiempo o, sencillamente, sean imposibles de alcanzar, como si queríamos ser astronautas y ahora tenemos 40 años.


Los viejos sueños actúan como faros, no son cartas de navegación, de ahí la importancia de recuperarlos. Retomando el ejemplo anterior del astronauta obtenemos información sobre nosotros mismos. Con este sencillo ejercicio recordamos que nos gustaba disfrutar de la aventura o del placer de estudiar las estrellas. De esta manera, podemos matricularnos en un curso de astronomía, comprarnos un telescopio o acceder a los recursos de la NASA para conocer más al respecto. Y a usted, ¿qué le gustaba hacer cuando era más joven? ¿Qué puede extraer de aquello?


Otra forma de orientarnos es pensar aquello que no queremos. Es posible que este ejercicio no movilice tanto como imaginarse a sí mismo en un futuro, pero es un paso válido. ¿Qué quiero dejar de hacer? Puede ser a título personal o profesional, como evitar enfadarme por cualquier cosa, no continuar en este trabajo o mantener una amistad.


Cuando estamos en una duda profunda de qué hacer o cuáles son nuestros sueños, tenemos otra opción: reflexionar sobre a quién nos gustaría parecernos, aunque sea un personaje de ficción. Una vez más, actúa como faro, pero vuelve a darnos pistas sobre nosotros mismos. Con este ejercicio se pueden extraer conclusiones que nos ayuden a aterrizar en la realidad y a marcarnos objetivos concretos


(Fuente: Pilar Jerico) #objetivos #rrhh #rhactitud


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